La simetría

Si un hombre deja tuerto a otro, lo dejarán tuerto.

Código de Hammurabi

No me escondí.
No intenté huir.

Desde el principio supe que perdería el ojo. No porque fuera justo, sino porque estaba escrito. La ley no necesitaba intención, solo correspondencia. Un ojo por un ojo: una fórmula limpia, casi bella en su exactitud.

Fue un accidente. Eso dije. Eso pensé. Pero las palabras no alteran la forma de las cosas. El hierro resbaló. El gesto se torció. El grito llegó después. Todo ocurrió demasiado rápido para que la culpa pudiera instalarse. Llegó más tarde, cuando ya no servía.

Ahora espero.

No me atormenta el dolor futuro. Me atormenta la equivalencia. Que crean que dos cegueras pueden equilibrarse como pesas en una balanza. Que alguien haya decidido que la pérdida se repara duplicándose.

He intentado imaginar cómo será ver con un solo ojo. No por miedo, sino por curiosidad. Qué parte del mundo se perderá. Qué ángulos desaparecerán. Me preocupa menos la oscuridad que la exactitud del castigo. Que mi cuerpo se convierta en demostración.

El otro hombre no vendrá. No hace falta. Ya está representado en mí. Mi ojo será su argumento.

Comprendo ahora que la ley no castiga: escribe. Inscribe una frase sobre la carne para que nadie la olvide. Yo soy esa frase.

Cuando llegue el momento, no gritaré. No por valentía, sino porque quiero escuchar el instante exacto en que la simetría se cumple. Quiero saber si algo se cierra. Si el mundo, aunque sea por un segundo, queda en equilibrio.

Si no ocurre nada, habré aprendido al menos esto: que la justicia no repara. Solo repite.

Y repitiendo, deja restos.

NOTA: Se recuerda que, aunque estos textos carecen de autor real y podrían perderse en el tiempo, se encuentran bajo la custodia intangible del administrador de este blog. Ninguna copia, reproducción o publicación será posible sin su permiso expreso; la propiedad intelectual actúa aquí como un fantasma vigilante, tan invisible como ineludible.

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