Conocí a José en el palacio, en una de esas jornadas en que nada parece anunciar que algo va a desviarse de su curso.
Yo corregía los textos del Faraón. No escribía, pero intervenía en lo escrito, desplazando palabras como quien ajusta piedras en un muro que otros habían levantado. En aquel tiempo ya había reunido una cantidad excesiva de lenguas: quinientas cincuenta y siete, según mi propio registro, aunque sospecho que algunas eran variaciones de la misma. Las conservaba por una razón que nunca pude explicar del todo: cada lengua parecía acercarse a una verdad que ninguna lograba fijar.
José llegó sin esa carga. Hablaba poco, observaba con atención y retenía lo que escuchaba con una rapidez que no era talento ni disciplina, sino una forma distinta de memoria. En pocos días advertí que podía atravesar los idiomas sin quedar atrapado en ellos. Era como si las palabras no lo obligaran a permanecer.
Empecé a enseñarle.

Nos sentábamos en una sala apartada, donde se guardaban tablillas y rollos que ya nadie consultaba. Yo pronunciaba las palabras en voz baja, él las repetía, y luego las dejaba reposar hasta que adquirían en él una claridad que yo nunca había alcanzado. Con el tiempo, empezó a anticiparse. Antes de que yo terminara una frase, él ya conocía su estructura.
Cuando alcanzó la última lengua —una que yo había aprendido de un anciano que ya no recordaba su nombre— comprendí que había creado en él una herramienta que no sabía cómo usaría.
En el palacio, sin embargo, las lenguas no eran lo más importante.
Zelicah comenzó a buscarlo con una frecuencia que no tardó en hacerse visible para quien supiera observar. Yo lo advertí antes que los demás, quizá porque había aprendido a leer las variaciones mínimas: un cambio en el ritmo de los pasos, una pausa indebida, una mirada que se prolonga más de lo necesario.
No se trataba de un capricho ni de una distracción. Entre ellos había algo que crecía con una intensidad que no encontraba lugar dentro de las reglas del palacio. Durante un tiempo lograron sostenerlo en secreto. Yo fui testigo de algunos encuentros, no por indiscreción, sino porque José empezó a confiar en mí con la misma naturalidad con la que había aprendido mis lenguas.
Fue entonces cuando apareció el problema.
Zelicah no soportaba la condición oculta de lo que vivían. Una noche, mientras el palacio permanecía en silencio, le pidió a José que alterara el orden de las cosas de un modo irreversible. No empleó rodeos. Le habló con una claridad que dejaba pocas opciones: había que asesinar al Faraón. Él la escuchó sin interrumpirla, y cuando respondió lo hizo con la misma serenidad que había mostrado al aprender: dijo que no.
No hubo discusión. Tampoco acuerdo.
A partir de ese momento, algo empezó a deteriorarse. Zelicah enfermó, pero su enfermedad no se parecía a ninguna que yo hubiera visto. No afectaba al cuerpo de forma visible, sino que parecía instalarse en su manera de estar en el mundo, como si cada gesto estuviera atravesado por una imposibilidad que no podía resolverse.
Poco después, José fue acusado y encarcelado.
La noche antes de que lo trasladaran, me llamó. La prisión estaba ya dispuesta, y los guardias no consideraron necesario impedir una última conversación. Me entregó una carta doblada con cuidado y me pidió que se la hiciera llegar a ella.
Asentí.
No la entregué.
Durante días llevé la carta conmigo sin abrirla. Finalmente la leí, en una habitación donde nadie podía interrumpirme. Comprendí entonces que ese texto no estaba destinado a resolver nada, sino a fijar algo que ya no podía sostenerse en la realidad.
La carta decía:
Zelicah,
He aprendido muchísimas lenguas en poco tiempo, y sin embargo ninguna me sirve ahora. Todo lo que intento decir se vuelve más pequeño al ser pronunciado.
Te recuerdo sin orden. No en los momentos que podrían ser contados, sino en los que no dejaron forma: el instante en que me miraste por primera vez sin hablar, la manera en que el tiempo parecía suspenderse cuando no éramos observados. No sé si eso puede llamarse amor. Es lo único que conozco con ese nombre.
No he podido dejar de pensar en lo que me pediste. He repetido tus palabras en cada lengua que me enseñaron, como si en alguna de ellas pudiera encontrar una versión distinta de lo que significaban. No la encontré. En todas decían lo mismo.
No quise hacerlo. No porque dudara de ti, ni porque temiera por mí. Lo que vi con claridad fue otra cosa: que después de ese acto no habría lugar para nosotros. No en el palacio, no en ninguna parte que pudiera sostenernos. Nos habrían perseguido hasta convertirnos en una historia que otros contarían para justificarse.
Prefiero esta distancia, aunque sea una forma de pérdida.
Pienso en lo que fuimos sin saber cómo nombrarlo. Tal vez no deba nombrarse. Tal vez solo exista mientras no se convierte en relato.
Si alguna vez recuerdas mi voz, que no sea por lo que no hice, sino por aquello que no supimos conservar.
No espero respuesta. Solo quería dejar esto escrito, para que no desaparezca del todo.
José.

Doblé la carta y la guardé.
Entregarla habría abierto una continuidad que ninguno de los dos podía sostener. No entregarla la convirtió en otra cosa: un texto sin destinatario, suspendido en un tiempo que ya no les pertenecía.
Zelicah siguió enferma. Nadie logró explicar su estado. Con el tiempo, dejó de mencionarse.
El episodio habría terminado allí si no fuera por los sueños del Faraón.
Las vacas y las espigas ocuparon el palacio durante semanas. Llegaban intérpretes de distintos lugares, cada uno con una explicación distinta que no lograba imponerse. Yo escuchaba en silencio. No buscaba el significado del sueño, sino su forma. Toda repetición numérica implica una estructura, y toda estructura exige un desarrollo.
Fui a ver a José.
Le expuse la interpretación tal como la entendía: una sucesión de años que se reflejan entre sí, una abundancia que prepara su contrario. Mientras hablaba, advertí otra posibilidad que no mencioné en ese momento. El exceso acumulado, sin variación ni gasto, tiende a degradarse. Ninguna reserva es infinita. Toda previsión encierra su propio límite.
Se lo dije después, en voz más baja.
Le pedí que no lo incluyera.
José me miró como si evaluara no mis palabras, sino el lugar desde el que las decía. Finalmente aceptó.

Cuando lo llevaron ante el Faraón, repitió la interpretación con una precisión que me resultó extraña. No era una copia. Había en su exposición una claridad que yo no había alcanzado al formularla. Suprimió, como habíamos acordado, aquello que podía desestabilizar la confianza en el plan.
Fue suficiente.
Lo liberaron, lo elevaron, le otorgaron una posición desde la que podía ordenar lo que antes solo había comprendido.
Tiempo después, me hizo llamar.
Me entregó una parte del tesoro que había recibido. No dijo nada. Tampoco yo. El gesto bastó para establecer una continuidad entre lo que había ocurrido y lo que seguiría ocurriendo.
Años más tarde, cuando los graneros empezaron a mostrar signos de deterioro y los primeros indicios del hambre se hicieron visibles, recordé nuestras conversaciones. No hubo sorpresa. Solo la confirmación de algo que había quedado implícito desde el principio.
Aún conservo la carta.
A veces pienso que todo lo que ocurrió —las lenguas, la enfermedad, los sueños— no fueron más que variaciones de un mismo problema: la dificultad de sostener aquello que, una vez dicho o previsto, deja de pertenecer a quienes lo han producido.
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