En los mapas más antiguos —aquellos que ya no sirven para orientarse sino para extraviarse— aparece un territorio llamado Krahl-Kutub, palabra que en una lengua hoy extinta significaba a la vez libro y destino. No tenía fronteras claras: algunos viajeros afirmaban que comenzaba donde terminaban las murallas y otros que solo podía alcanzarse cuando la lectura dejaba de ser una forma de propiedad.
En Krahl-Kutub no existían editoriales, librerías ni bibliotecas. Nadie las echaba de menos. Los libros no se compraban ni se pedían prestados: se retiraban, como quien recoge agua de una fuente pública. Para ello estaban las Dispensadoras de Lectura, edificios sobrios, administrados por los gobiernos locales, donde los ciudadanos solicitaban los títulos que deseaban leer. Bastaba con pronunciar el nombre del libro —o, en su defecto, describirlo vagamente— para que una copia impresa fuera entregada sin costo alguno. El papel, la tinta y la distribución se financiaban mediante los llamados impuestos culturales, aceptados con una docilidad que habría resultado sospechosa en cualquier otro país.
Cada casa albergaba su propia biblioteca. No como signo de distinción, sino como una extensión natural del mobiliario: estanterías junto a las camas, libros en la cocina, volúmenes usados como apoyo para mesas inestables. Releer no exigía desplazamientos ni permisos. El texto permanecía, fiel y silencioso, esperando ser abierto de nuevo. Si a un lector no le gustaba una obra, la devolvía en cualquier Dispensadora para que otro lector pudiera leerla.
Los escritores eran empleados del Estado. No se les pedía prestigio ni originalidad, solo perseverancia. Todo lo escrito era publicado. Todo, sin excepción. Un ciudadano podía acudir a cualquier Dispensadora de Lectura con un manuscrito —un poema torpe, una novela interminable, un tratado ilegible— y este sería corregido en sus faltas gramaticales, maquetado y distribuido. A cambio, el autor recibía una suma fija, calculada según el número de páginas. La cantidad, decían los informes oficiales, era suficiente para vivir sin lujos pero sin miedo.
No había censura, aunque tampoco jerarquía. Las obras maestras convivían con los textos mediocres, y a veces —según contaban algunos lectores obstinados— una frase verdadera aparecía en el lugar menos esperado: al final de un panfleto absurdo o en mitad de una autobiografía escrita por alguien que no recordaba bien su propia vida.
Las editoriales estaban prohibidas por ley. Se las consideraba reliquias de un tiempo en el que la lectura había sido un negocio y la publicación, un filtro arbitrario. Los concursos literarios, por su parte, estaban castigados con cadena perpetua. El gobierno sostenía que competir por escribir era una forma encubierta de censura y que premiar a uno implicaba condenar al silencio a miles. Además se quería echar abajo ciertos grupos, considerados mafiosos, que, enviados por las grandes editoriales, contactaban con escritores de renombre para que entregaran sus obras —sin que importara su valor literario— a sus concursos y llevarse grandes emolumentos por sus creaciones y promocionar, dicho sea de paso, dichas editoriales con sus pseudónimos.
El teatro seguía la misma lógica. Las entradas eran gratuitas y las compañías recibían financiación estatal completa: escenografía, vestuario, salarios. Se decía que algunas obras se representaban durante semanas sin que nadie asistiera, pero nadie pensó nunca en suspenderlas. El mero hecho de que existieran parecía suficiente.
Con el tiempo, surgió una pregunta que nadie se atrevía a formular en voz alta: si todos los libros eran posibles, ¿cuáles merecían ser leídos? Algunos afirmaban que Krahl-Kutub no había abolido la censura, sino que la había trasladado al lector, obligándolo a elegir en un océano sin faros. Otros, más pacientes, sostenían que ese era precisamente el propósito: que cada lectura fuera una responsabilidad y no una recomendación.
Yo estuve allí una vez —o soñé que estuve— y recuerdo haber salido de una Dispensadora con un libro que no pedí. En la primera página alguien había escrito: “Este texto no pretende ser necesario”. Fue entonces cuando comprendí que en Krahl-Kutub la literatura no aspiraba a sobrevivir, sino a existir.
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