Si la esposa de un hombre es sorprendida acostada con otro varón, que los aten y los tiren al agua; si el marido perdona a su esposa la vida, el rey perdonará también la vida a su súbdito.
Código de Hammurabi
No me pidieron pruebas.
No me preguntaron nada.
Solo me dijeron que estaba en mi mano.
Desde la orilla, el río parecía tranquilo, casi ajeno a nosotros. El agua no sabía de leyes ni de cuerpos atados. Corría como si siempre hubiera corrido así, sin cargar con los nombres que le dábamos. Me dijeron que bastaba una palabra. Una sola. Que si la pronunciaba, todo se detendría.
Perdonar.
Nunca había pensado en esa palabra como un acto físico. Creí que pertenecía al interior, a lo que uno decide en silencio. Pero allí estaba, convertida en mecanismo. Una palabra capaz de mover o inmovilizar cuerpos.
Ella no me miraba. No porque no quisiera, sino porque no podía. Tenía la vista fija en un punto indeterminado, quizá en el agua, quizá en algo anterior a todo esto. El otro hombre tampoco me miraba. Para la ley, ya no era un hombre: era una parte del error, una sombra necesaria para que el castigo fuera completo.
Yo era el centro. No por mérito, sino por designación.
Pensé en todo lo que había dicho antes en mi vida sin que pasara nada. Promesas, juramentos, amenazas. Palabras inútiles. Y ahora esa, mínima, sin adjetivos, me otorgaba un poder que no había pedido. No se trataba de salvarla o condenarla. Se trataba de aceptar que la ley me usaba como su último gesto.
Si decía la palabra, el río seguiría siendo río.
Si no la decía, también.
Comprendí entonces que no era juez de nadie. Era solo el lugar por donde la ley pasaba para parecer humana. Y por primera vez dudé no de ella, sino de mí: de mi derecho a hablar.
El agua seguía corriendo.
Yo seguí callando.
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