El gesto mínimo

No sitúes un campo en un camino; ……. No ares un campo en una senda; ……. No hagas un pozo en tu campo: la gente te causará daños en él. No coloques tu casa junto a una plaza pública: siempre hay allí una multitud (?).

Las instrucciones de Shuruppak

Nunca pensé que una piedra pudiera pesar tanto.

Estaba allí desde antes de que yo naciera: baja, irregular, casi invisible entre las hierbas. Nadie la miraba. Nadie la contaba entre las cosas importantes. Marcaba un límite que todos conocían sin necesidad de recordarlo. El campo de un lado no era el del otro, y eso bastaba.

El día que la moví no hubo testigos. No fue una decisión larga ni un acto violento. La empujé con el pie, apenas lo necesario para que dejara de estar donde siempre había estado. Un gesto breve. Una corrección mínima. No pensé que estuviera robando nada; me dije que la tierra no entiende de líneas y que los límites solo existen para quienes los obedecen.

Durante semanas no ocurrió nada.

Las cosechas crecieron como siempre. Los caminos siguieron llevando a los mismos lugares. Nadie vino a reclamar. Nadie midió. Nadie preguntó. Empecé a creer que el gesto había sido absorbido por el paisaje, como si nunca hubiera ocurrido.

Pero los límites no olvidan.

Con los años, una disputa surgió entre familias que antes se saludaban. No hablaban de piedras ni de mojones: hablaban de derechos antiguos, de mapas mal dibujados, de palabras dichas por abuelos muertos. Yo escuchaba en silencio. Cada frase parecía avanzar unos pasos más allá de aquel primer desplazamiento.

Cuando uno de ellos murió, nadie lo relacionó con la disputa. Fue una muerte común, dijeron. Yo asentí. La piedra seguía allí, donde yo la había dejado, cumpliendo su nueva función con la misma discreción que la anterior.

Nunca confesé. No porque temiera el castigo, sino porque no sabía cómo nombrar el acto. ¿Cómo explicar que todo empezó con un movimiento tan pequeño que ni siquiera parecía una acción?

Hoy camino por ese campo como por un lugar prestado. No sé ya qué parte es mía. A veces busco la piedra con la mirada, pero no para devolverla: para comprobar que sigue cumpliendo su trabajo, separando lo que jamás volverá a tocarse.

NOTA: Se recuerda que, aunque estos textos carecen de autor real y podrían perderse en el tiempo, se encuentran bajo la custodia intangible del administrador de este blog. Ninguna copia, reproducción o publicación será posible sin su permiso expreso; la propiedad intelectual actúa aquí como un fantasma vigilante, tan invisible como ineludible.

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