Mucho tiempo después, cuando ya nadie sabía decir con precisión en qué año vivíamos, se aceptó como un dato menor —casi anecdótico— que el final de internet había comenzado con una sola página web.
En el año 2150, cuando la red había dejado de ser un espacio y se había convertido en una condición de existencia, yo creé un sitio mínimo y exacto. No contenía imágenes ni palabras innecesarias. Solo una lista exhaustiva de enlaces: todos los enlaces. Cada dirección conocida, cada subdominio, cada página activa o latente de la web mundial estaba allí, enumerada con una paciencia casi monástica. No era un archivo: era un índice absoluto.
La orden que acompañaba a aquella página era sencilla. Todas las websites debían redirigir su navegación a ese punto. No como destino final, sino como paso intermedio. Desde allí, cada enlace conducía de nuevo al conjunto completo. Un bucle perfecto, cerrado sobre sí mismo, sin salida ni jerarquía. Una cortesía técnica llevada hasta su forma extrema.
Durante unos segundos —quizá minutos— nada pareció alterarse. Luego la red empezó a retrasarse, a repetirse, a consumir sus propios recorridos. Los servidores entraron en ciclos imposibles. Los sistemas de enrutamiento no sabían decidir. Internet, que había sido diseñada para sobrevivir a cualquier interrupción, no supo sobrevivirse a sí misma.
La caída fue total.

Primero dejaron de funcionar las aplicaciones. Luego los servicios. Después, el mundo.
Los hospitales se quedaron sin sistemas de monitorización. Los supermercados no pudieron abrir sus puertas automatizadas. Los aeropuertos se convirtieron en edificios inmóviles llenos de personas que no podían salir ni entrar. Las estaciones de tren quedaron en silencio, con convoyes detenidos en mitad de trayectos que ya no existían.
Desde hacía décadas, el dinero físico había sido abolido. Una ley de orden mundial había declarado innecesario el efectivo. Todas las cuentas, todos los pagos, todas las transacciones vivían en la red. Cuando la red cayó, el dinero desapareció sin dejar rastro. No fue robado: simplemente dejó de ser accesible. La humanidad se descubrió rica e indigente al mismo tiempo.
La electricidad fue el siguiente umbral. Ya no viajaba por cables, sino por ondas electromagnéticas coordinadas por satélites. Al perderse la red de control, la energía dejó de llegar. Las ciudades se apagaron como imágenes mal guardadas. En los hospitales, los respiradores se detuvieron. En las regiones de frío extremo, la gente taló árboles para sobrevivir. Muchas casas ardieron. Algunas ciudades no volvieron a reconstruirse.

Primero dejaron de funcionar las aplicaciones. Luego los servicios. Después, el mundo.
Los hospitales se quedaron sin sistemas de monitorización. Los supermercados no pudieron abrir sus puertas automatizadas. Los aeropuertos se convirtieron en edificios inmóviles llenos de personas que no podían salir ni entrar. Las estaciones de tren quedaron en silencio, con convoyes detenidos en mitad de trayectos que ya no existían.
Desde hacía décadas, el dinero físico había sido abolido. Una ley de orden mundial había declarado innecesario el efectivo. Todas las cuentas, todos los pagos, todas las transacciones vivían en la red. Cuando la red cayó, el dinero desapareció sin dejar rastro. No fue robado: simplemente dejó de ser accesible. La humanidad se descubrió rica e indigente al mismo tiempo.
La electricidad fue el siguiente umbral. Ya no viajaba por cables, sino por ondas electromagnéticas coordinadas por satélites. Al perderse la red de control, la energía dejó de llegar. Las ciudades se apagaron como imágenes mal guardadas. En los hospitales, los respiradores se detuvieron. En las regiones de frío extremo, la gente taló árboles para sobrevivir. Muchas casas ardieron. Algunas ciudades no volvieron a reconstruirse.
El transporte global colapsó en cuestión de horas. Los coches, los trenes, los aviones y los barcos dependían de la misma red satelital. Los aviones cayeron del cielo sin aviso: sobre océanos, montañas, ciudades dormidas. Los barcos quedaron a la deriva, convertidos en islas móviles. Los trenes se detuvieron en túneles que nadie volvió a iluminar.
Las grandes agencias de seguridad perdieron todo. Archivos, identidades, historiales, mapas, protocolos. Durante un tiempo breve, no hubo secretos ni control. Después, hubo caos. Terroristas, saqueadores y ejércitos improvisados ocuparon ese vacío con una rapidez que nadie quiso estudiar.
Las colonias humanas fuera de la Tierra comenzaron a fallar casi al mismo tiempo. Dependían de los satélites terrestres para mantener sus ecosistemas artificiales. Algunas resistieron meses. Otras solo días. Durante años se discutió si aquello debía llamarse abandono o consecuencia.
Como si no fuera suficiente, los satélites empezaron a caer. Uno tras otro, cruzaron la atmósfera convertidos en fuego. Impactaron en desiertos, ciudades, mares. El cielo nocturno se llenó de trayectorias luminosas que ya no anunciaban progreso, sino ruina.
Las guerras activas cambiaron de forma. Las armas conectadas dejaron de responder. Los ejércitos se encontraron frente a frente sin intermediarios técnicos. Volvieron los cuchillos, las piedras, el cuerpo. Volvió el miedo inmediato.
Las ciudades fueron saqueadas. La comida se convirtió en el único valor estable. La gente peleó por pan, por agua, por tiempo. Y muchos comenzaron a descomponerse mentalmente. No sabían cómo ocupar las horas. Sin redes sociales, sin pantallas, sin flujo constante de estímulos, el silencio se volvió insoportable. Algunos hablaban solos. Otros no volvieron a hablar.

Nunca me buscaron al principio. No sabían a quién buscar.
Viví con normalidad durante décadas, observando el mundo reorganizarse alrededor de la ausencia. Hasta el año 2230, cuando un agente —ya no recuerdo de qué organismo— me localizó gracias a una filtración mínima: alguien que había conocido mis intenciones antes del bucle.
Me detuvieron sin ceremonia.
Tres días después fui juzgado. La acusación fue clara: crímenes contra la humanidad. La sentencia también: muerte en la horca.
Tres semanas más tarde, escapé.
Desde entonces he vivido escondido, moviéndome entre territorios que ya no figuraban en ningún mapa estable. Nadie volvió a reconstruir internet. Nadie quiso hacerlo del todo.
A veces me pregunto si la red murió por mi gesto o si simplemente encontró, en aquella página, la forma más rápida de cumplir su destino.

NOTA: Se recuerda que, aunque estos textos carecen de autor real y podrían perderse en el tiempo, se encuentran bajo la custodia intangible del administrador de este blog. Ninguna copia, reproducción o publicación será posible sin su permiso expreso; la propiedad intelectual actúa aquí como un fantasma vigilante, tan invisible como ineludible.

Espeluznante. Cierto. El cuento/novela nos lleva a un mundo que nos alerta acerca de la dependencia extrema de Internet debe ser revisado. Aunque en pequeña escala más de algunos hemos pensado el no existir alternativa por ejemplo en casos tan simples como resolver un problema en los bancos que dejan de funcionar y atender cuando se cae la red. Y así otros servicios. Para mí este texto nos obliga a pensar hacia dónde vamos y como los seres humanos hemos ido perdiendo el control de nuestras vidas: internet toma el control de la vida y es trágico tal como acá en este cuento nos hace despertar. Muchas gracias.
Estimada Rosa,
Muchas gracias por tu comentario.
Sí, tienes toda la razón, y veo que no soy el único que piensa de esta manera. Por eso os acerco mis reflexiones a través de mis breves textos, para compartir mi experiencia y sensaciones sobre todo lo que nos rodea.
Nos seguimos leyendo.