Noches deformadas en Madrid

Caminábamos de noche porque la ciudad solo se dejaba ver cuando el sol la abandonaba. De día, Madrid fingía una dignidad de fachada: ministerios con columnas cansadas, cafés con espejos empañados por discursos ajenos, tranvías que avanzaban como ideas viejas. Pero al caer la tarde, cuando las farolas se encendían con un temblor amarillento, todo se torcía con una lógica exacta, matemática, como si alguien hubiese inclinado el mundo unos grados hacia el absurdo.

Yo trabajaba entonces como escribiente en una oficina pública cuyo cometido nadie recordaba con precisión. Firmábamos documentos que no resolvían nada, sellábamos papeles destinados a perderse en otros papeles. El jefe, un hombre con bigote postizo —nadie dudaba de que se lo quitaba al llegar a casa— hablaba de la patria como si recitara un anuncio mal aprendido. Cada mañana nos repartía tareas inútiles con solemnidad militar, y cada tarde comprobaba que todo siguiera igual que al amanecer. Era un hombre serio, lo cual lo hacía profundamente cómico.

Al salir del trabajo solía encontrarme con Don Laureano, poeta ciego a ratos y lúcido solo cuando bebía. Decía haber visto más que nadie porque ya no confiaba en sus ojos. Caminaba apoyado en un bastón torcido que parecía más viejo que él, y me hablaba de Grecia, de héroes, de una España que nunca existió salvo en los discursos de sobremesa. Cuando reía, su risa sonaba como un mueble arrastrado por el suelo.

—Aquí no hay tragedia —me dijo una noche—. Solo una farsa mal iluminada.

Tenía razón. Los mendigos discutían de filosofía frente a los teatros, los policías parecían figurantes de una obra mediocre, y los políticos hablaban con palabras tan infladas que apenas podían caminar. Todo era exageración y miseria a la vez. Los cuerpos se encorvaban, las voces chirriaban, los ideales se vendían por copas de anís.

Recuerdo una escena especialmente clara —o especialmente deformada—: un entierro al que asistí por error. El muerto, según decían, había sido un héroe liberal; según otros, un estafador con buena oratoria. El féretro avanzaba entre charcos mientras los asistentes discutían sobre la autenticidad del difunto. Nadie lloraba: todos representaban el llanto con una precisión teatral, como si alguien hubiera dado la orden. Un sacerdote murmuraba palabras latinas sin convicción, y un niño imitaba sus gestos detrás, provocando carcajadas contenidas. Allí comprendí que la muerte misma había sido caricaturizada, reducida a un trámite grotesco.

La ciudad entera funcionaba así: como un teatro de muñecos con conciencia intermitente. Los hombres se movían empujados por hilos invisibles: el hambre, la costumbre, la obediencia. Nadie parecía del todo humano ni del todo animal. Éramos una mezcla incómoda, una especie mal definida que hablaba demasiado de honor y practicaba poco la dignidad.

A veces pensaba que la realidad no estaba deformada, sino que siempre había sido así, y que solo ahora aprendíamos a mirarla desde el ángulo correcto. Como esos espejos de feria que no inventan la monstruosidad, sino que la hacen evidente.

Escribí todo esto en cuadernos que nunca publiqué. No por prudencia, sino porque sospechaba que nada de lo escrito podía corregir lo que ya estaba torcido. El esperpento no era una técnica literaria: era la única forma honesta de narrar aquel tiempo. Mirar de frente habría sido mentir. Mirar deformando, en cambio, era una forma precaria —pero necesaria— de decir la verdad.

NOTA: Se recuerda que, aunque estos textos carecen de autor real y podrían perderse en el tiempo, se encuentran bajo la custodia intangible del administrador de este blog. Ninguna copia, reproducción o publicación será posible sin su permiso expreso; la propiedad intelectual actúa aquí como un fantasma vigilante, tan invisible como ineludible.

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