Una noche vino a verme con unos planos doblados y una prisa que no parecía humana. No habló de milagros, habló de tiempos, de corrientes, de cómo un cuerpo de agua obedece si se le habla en el idioma correcto. Me pidió discreción y método. Revisamos mapas antiguos, esperamos la estación adecuada, calculamos el cansancio del viento y la paciencia de quienes mirarían. Ensayé el gesto frente al espejo, no por fe sino por precisión. Enganché el agua del mar a varias poleas que había en un riel superior y la levanté como si fuera una cortina. Cuando todo estuvo listo, él salió a escena y yo me quedé fuera del encuadre, sosteniendo el truco para que pareciera relato.
Dicen que el mar se abrió, pero nadie cuenta los ensayos: la inclinación exacta del viento, la marea aprendida de memoria y el gesto preciso con el bastón, como quien distrae al público justo antes del truco.
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